El Jazz en Lapataia está a
pleno y nos lo cuenta César Pradines (se sumaron los
Marsalis menores)
PUNTA DEL ESTE.- El juvenil
Tambo Trío comenzó sus actuaciones en el Jazz Cooking,
del Lapataia, con "Now´s the Time", de Parker. Todo un
símbolo de que ahora es el momento, pues en el tambo
todo es actividad para llegar al miércoles con los
deberes hechos.
Se va el sol y Francisco Yobino
acaba de llegar de Montevideo, con los toms Yamaha. Ni
siquiera seis horas de espera en la oficina del
importador de baterías le quitan el ánimo.
"Creo
que todo está funcionando; ya hay ambiente de festival",
le dice a este cronista con la vista puesta en la
entrada, adornada con banderas de empresas que acompañan
la muestra. Líneas de transporte, una fábrica de pastas
y una conocida gaseosa poblaron buena parte del camino
del restaurante al anfiteatro, que estrena techo nuevo,
tras las voladuras que generó el tornado a fines de
agosto último.
El productor contó que en
aquellos días él y sus hijos Françoise, Felipe y
Francisco debieron decidir si seguían o no. La familia
dijo que sí y aquí están todos trabajando en la
organización de un festival al que siempre, al parecer,
le falta algún detalle por hacer.
En las
oficinas del tambo, Mirta, Carolina y Sonia reciben más
de 200 consultas diarias sobre el precio de las
entradas, qué días son los del festival, qué pasa si
llueve, si hay animales sueltos o, incluso, si actuará
Charlie Parker.
Serán cinco noches, de miércoles
a domingo, en las que el jazz se pondrá su mejor traje,
el de calidad, talento y elegancia. En la caminata por
el tambo, Yobino confiesa que cada muestra es un mundo
en sí y que si bien no quiere pecar de optimista ya
piensa en 2007.
"No sé si lo haremos, pero ganas
no me faltan", señaló y el margen de incertidumbre tiene
que ver con cuestiones financieras que lo ubican en una
situación muy comprometida respecto del campo. "Se puede
perder", confiesa este productor de dulce de leche que
logró imponer un estilo de producto basado en la
excelencia y en la elaboración natural.
Tranqueras abiertas todo el año y un ambiente
bucólico no pueden generar una mejor energía para estos
días de intensa actividad en que esta producción
agropecuaria se convierte en el centro del jazz en
América latina; con una organización que superó los
200.000 dólares y que tiene un criterio de calidad que
la ubica como uno de los festivales recomendados por las
revistas especializadas Jazziz y Downbeat. Es un trabajo
que le insume a Yobino todo el año.
Va y viene,
con tres celulares con los que habla con el presidente
de una tarjeta de crédito, el cónsul argentino en
Uruguay y con el manager del grupo de Jason y Delfeayo
Marsalis; este último le cuenta que el contrabajista no
encuentra el estuche del contrabajo y entonces no lo
quiere traer. "Que lo busque debajo de la cama", dice
Yobino y corta. Sonríe. En muchos casos, da la sensación
de que disfruta de los obstáculos, a los que no ve como
tales, sino como pruebas que debe superar.
Entramos en el restaurante, se sienta a cenar
con una familia amiga que incluye a la modelo Claudia
Sánchez, aquella que con el Nono Pugliese paseaban por
el mundo fumando LM y marcando un nivel. Se distiende
mientras el Tambo Trío hace una versión impecable de
"Lover Man".
Al calor del mejor jazz
Excelentes actuaciones de los grupos de Ed Simon y
Gary Bartz Por César Pradines
PUNTA DEL
ESTE.-Fueron dos noches diferentes, cada una con
valiosas conclusiones. Por un lado, el jueves dos grupos
juveniles de músicos norteamericanos, jornada que
también contó con la ubicua actuación del arpista
colombiano Edgar Castañeda, dejaron en evidencia niveles
distintos en el proceso de madurez artística. Por el
otro, anteanoche, el festival se puso a tono con las
altas expectativas que genera este encuentro, en
particular con la actuación del trío del pianista Ed
Simon, junto con Scott Colley en contrabajo y Antonio
Sánchez en batería y luego con el cuarteto de
saxofonista alto Gary Bartz.
Hasta el momento,
la presentación del trío de Simon, que basó su trabajo
en el escenario sobre un puñado de composiciones
propias, mostró por dónde avanza el jazz en la
actualidad. En efecto, el pianista no sólo es un
talentoso compositor y austero intérprete, si no que
también dejó en evidencia un exquisito criterio de trío,
en el que la interacción los llevó siempre hacia lugares
de creación colectiva estimulantes.
Decididamente, la propuesta de este combo,
basada tanto en la calidad técnica de estos músicos como
en un jazz moderno, más relacionado con la idea de
construir un mensaje conceptual que en lucirse tuvo
excelentes dividendos.
"Infinite One", tema de
Simon, reflejó el interés del pianista por los arreglos
colectivos. Una frase seguida por una serie de cambios,
algunos de un tono latino casi imperceptible, madrugó en
el escenario para contarle al auditorio de qué se trata
la nueva composición. Delicada, la melodía tuvo una
amplia gama armónica, robustecida por una sección
rítmica de sueños, con Colley haciendo un trabajo de
genuino talento en la construcción del ritmo y con un
baterista que combinó fulminantes ataques con una
capacidad de sutileza pocas veces visto. En "Impossible
Quest" y "Veré", ambas del pianista, desarrollaron una
suerte de catálogo moderno de trío de piano, con un
Simon, que reúne en su estilo introspección y un
estilizado latinismo junto a dos músicos que tiene una
amplia variedad de lenguaje que redundó en una excelente
actuación.
Con Gary Bartz pasaron cosas
diferentes. Actuó junto con Barney McAll en piano, James
King en contrabajo y Greg Bandy en batería. Un grupo de
trabajo en el que el saxofonista se mostró como un
verdadero titán de su instrumento. Prolongados solos,
veloces, profundos, plagados de subtonos que pusieron
una cuota de trance a la música de este artista que
vino, al Uruguay, con un repertorio diseñado para
festivales, es decir, algunos temas muy conocidos y una
clara política de tocar para el auditorio que recibió
con algarabía su afán de exhibicionismo. Con él un grupo
sólido, con un baterista a la manera de legendario Jimmy
Cobb y un pianista de gran potencia rítmica, que hizo un
trabajo impecable.
También se presentó el grupo
del pianista brasileño Geraldo Flach con una propuesta
que se lució más cuando abordaron música brasileña (la
versión en piano solo de "Retrato en branco e preto" fue
muy interesante por sus arreglos sobre la armonía) que
cuando avanzaron en plan jazz fusión.
Noche de
adolescentes
Ahora bien, la prometida noche de
los adolescentes dejó un rico saldo pues en ella se
vieron dos grupos en estados diferentes de floración.
Por ejemplo, el
quinteto
de
Alex
Han
sonó impecable y con un camino seguro, más que nada por
la calidad de este saxofonista alto que, con 16 años,
muestra una madurez inusual. En cambio, el grupo de la
cantante Phoebe Stubbleflied, sonó como ellos,
adolescentes y, en este punto, el adolecer fue el sello,
al menos en esta actuación, en donde no faltaron los
nervios. Una mención aparte para los dos bateristas,
Corey Fonville y un excelente jovencito Charlie Foldesh
que dará qué hablar en el corto plazo.
El
festival está en su esplendor como el clima que cambió
para hacerle al público de jazz aún más felices las
noches.
El jazz, una tradición para los
Marsalis Delfeayo y Jason continúan con el legado
familiar
PUNTA DEL ESTE.-Son los hermanos
menores de Wynton (44) y Brandford (45) Marsalis, pero
su música no es menor. Delfeayo (40) y Jason (28)
muestran, a través de su música, un renovado gusto por
el lado más popular del jazz.
En su primer viaje
a la región, los Marsalis se reunieron con LA NACION
para hablar de su destruida Nueva Orleáns, de la música
de sus hermanos y de su nuevo mundo a partir del paso
del Katrina por su hogar.
Forman parte de la
programación del undécimo Festival de Jazz Internacional
de Lapataia. Los Marsalis traen a Punta del Este su
espectáculo "Minnion´s Dominion", una suerte de tributo
al gran Elvis Jones, baterista del cuarteto de John
Coltrane, que fue uno de los artistas más influyentes
del jazz moderno. Delfeayo (se pronuncia Delfio) en
trombón y Jason en batería vinieron acompañados de
Donald Harrison en saxo alto, Delbert Felix en
contrabajo y Victor Atkins en piano.
El sol y la
pesadez de la tarde esteña no representan un
inconveniente para estos músicos curtidos en la humedad
neorlandesa, y se vuelven nostálgicos al hablar de su
destruido terruño. "Es muy difícil la situación de Nueva
Orleáns. Imagínate media ciudad destruida", explica
Delfeayo, mientras que Jason agrega: "Hay mucho
nerviosismo. Por ejemplo, no hay gente que trabaje, los
que lo hacían huyeron hacia otras ciudades y la ciudad
parece despoblada", cuenta el menor de los Marsalis.
Para los músicos hay un sentimiento de
confusión, como si los que quedaron en Nueva Orleáns no
entendieran lo que sucede. "No hay comercios; no hay
adónde ir, a veces nada para hacer, y hay un clima de
riesgo", explica Delfeayo.
-¿En dónde viven
actualmente?
-En nuestro hogar, Nueva Orleáns.
-¿Cómo consideran la actitud del gobierno de los
Estados Unidos con el desastre de Nueva Orleáns?
-Es muy difícil para el gobierno. La ciudad
vivía de su gran historia y de los turistas, ése era su
ingreso. En la ciudad no hay industrias. También es
cierto que el gobierno de los republicanos sólo valora
los negocios y las corporaciones y no cree en el arte;
no es así con los demócratas, que sí creen en el valor
que tiene la actividad artística.
Se definen
como una familia tradicional y no es sencillamente una
apreciación subjetiva: cada uno de sus integrantes ha
defendido desde sus instrumentos el jazz clásico, salvo
algunas etapas del saxofonista Brandford, el más moderno
de un grupo familiar liderado por el padre Ellis
Marsalis, quien cultivó el amor por la música nacida en
su ciudad.
“Sí, Branford es el que más lejos ha
llegado en términos de jazz, pero no podemos
considerarlo como una música avant garde. En cambio,
Wynton ha cubierto varios espacios musicales, pero
siempre desde el jazz clásico. Cambió de estilo cuatro o
cinco veces y es difícil saber cuál es el suyo. Lo que
sé es que, con sus veinte o treinta discos, está en una
etapa muy interesante de su carrera. Es quien mejor ha
explorado el clasicismo del jazz junto con la actuación,
en términos de representación”, cuenta Delfeayo.
Y llegó el momento de que hablen de ellos. Se
definen como artistas de música popular y no
estrictamente como jazzmen.
“Hacemos backbeat,
un estilo bailable pero en el que intentamos expresarnos
de manera jazzística. Es decir, somos una orquesta de
jazz haciendo música bailable. La tocamos diferente y
nos gusta innovar sobre algunos aspectos tradicionales.
Hay jazz y mucha música popular”, dice Jason.
Para Delfeayo, la propuesta tiene en el corazón
el aspecto más tradicional de la música de Nueva
Orleáns, es decir, el baile. La función del grupo es
desarrollarla desde espacios creativos: “Son temas que
yo compuse y que tienen ese estilo backbeat por detrás.
Como si fuese una música de sangre joven y corazón
añejo”, afirma Delfeayo.
Tanto el trombonista
como el baterista dejaron entrever que pertenecen a
miembros de una familia a los que, si bien el arte la
llevó por distintos lugares geográficos, los une el amor
por su esencia, por el ritmo y por la síncopa. Es decir,
Nueva Orleáns.
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