PUNTA DEL ESTE.-Fueron dos noches diferentes, cada una con valiosas
conclusiones. Por un lado, el jueves dos grupos juveniles de músicos
norteamericanos, jornada que también contó con la ubicua actuación del arpista
colombiano Edgar Castañeda, dejaron en evidencia niveles distintos en el proceso
de madurez artística. Por el otro, anteanoche, el festival se puso a tono con
las altas expectativas que genera este encuentro, en particular con la actuación
del trío del pianista Ed Simon, junto con Scott Colley en contrabajo y Antonio
Sánchez en batería y luego con el cuarteto de saxofonista alto Gary Bartz.
Hasta el momento, la presentación del trío de Simon, que basó su trabajo
en el escenario sobre un puñado de composiciones propias, mostró por dónde
avanza el jazz en la actualidad. En efecto, el pianista no sólo es un talentoso
compositor y austero intérprete, si no que también dejó en evidencia un
exquisito criterio de trío, en el que la interacción los llevó siempre hacia
lugares de creación colectiva estimulantes.
Decididamente, la propuesta
de este combo, basada tanto en la calidad técnica de estos músicos como en un
jazz moderno, más relacionado con la idea de construir un mensaje conceptual que
en lucirse tuvo excelentes dividendos.
"Infinite One", tema de Simon,
reflejó el interés del pianista por los arreglos colectivos. Una frase seguida
por una serie de cambios, algunos de un tono latino casi imperceptible, madrugó
en el escenario para contarle al auditorio de qué se trata la nueva composición.
Delicada, la melodía tuvo una amplia gama armónica, robustecida por una sección
rítmica de sueños, con Colley haciendo un trabajo de genuino talento en la
construcción del ritmo y con un baterista que combinó fulminantes ataques con
una capacidad de sutileza pocas veces visto. En "Impossible Quest" y "Veré",
ambas del pianista, desarrollaron una suerte de catálogo moderno de trío de
piano, con un Simon, que reúne en su estilo introspección y un estilizado
latinismo junto a dos músicos que tiene una amplia variedad de lenguaje que
redundó en una excelente actuación.
Con Gary Bartz pasaron cosas
diferentes. Actuó junto con Barney McAll en piano, James King en contrabajo y
Greg Bandy en batería. Un grupo de trabajo en el que el saxofonista se mostró
como un verdadero titán de su instrumento. Prolongados solos, veloces,
profundos, plagados de subtonos que pusieron una cuota de trance a la música de
este artista que vino, al Uruguay, con un repertorio diseñado para festivales,
es decir, algunos temas muy conocidos y una clara política de tocar para el
auditorio que recibió con algarabía su afán de exhibicionismo. Con él un grupo
sólido, con un baterista a la manera de legendario Jimmy Cobb y un pianista de
gran potencia rítmica, que hizo un trabajo impecable.
También se
presentó el grupo del pianista brasileño Geraldo Flach con una propuesta que se
lució más cuando abordaron música brasileña (la versión en piano solo de
"Retrato en branco e preto" fue muy interesante por sus arreglos sobre la
armonía) que cuando avanzaron en plan jazz fusión.
Noche de
adolescentes
Ahora bien, la prometida noche de los adolescentes dejó
un rico saldo pues en ella se vieron dos grupos en estados diferentes de
floración. Por ejemplo, el quinteto de Alex Han sonó impecable y con un camino
seguro, más que nada por la calidad de este saxofonista alto que, con 16 años,
muestra una madurez inusual. En cambio, el grupo de la cantante Phoebe
Stubbleflied, sonó como ellos, adolescentes y, en este punto, el adolecer fue el
sello, al menos en esta actuación, en donde no faltaron los nervios. Una mención
aparte para los dos bateristas, Corey Fonville y un excelente jovencito Charlie
Foldesh que dará qué hablar en el corto plazo.
El festival está en su
esplendor como el clima que cambió para hacerle al público de jazz aún más
felices las noches.
Por César Pradines
Para LA NACION
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